Hace tiempo, Rubén Daray (conductor de "A todo motor" y ex piloto de carreras) iba circulando por una rotonda en Buenos Aires cuando otro automovilista se le cruzó en el camino sin respetar su prioridad, lo cual lo obligó a frenar. Daray lo alcanzó en un semáforo y le propuso, de ventanilla a ventanilla, que regresaran a la rotonda, que repitieran la situación y que, en esta nueva oportunidad, el infractor corrigiera su actitud. La respuesta fue un escupitajo (el periodista contó la anécdota durante una charla que dio en Tucumán sobre Seguridad Vial hace unos años).
¿Está de más decir que una rotonda debe servir para ordenar el tráfico? Todo indica que no, porque, paradójicamente, en Tucumán parecen haberse convertido en obstáculos que dificultan la circulación. Quienes transitan por la rotonda se ven obligados a cederle el paso a los que llegan a ella impulsados por la prepotencia o por la ignorancia sobre las normas viales.
Los directivos de Tránsito de varios municipios aseguran que un porcentaje nada despreciable (alrededor del 50%) de las personas que se presentan a tramitar la licencia de conducir sabe cómo debe manejar en una rotonda. Pero en la calle esto no se nota: la mayoría se atiene a la ley del más fuerte ¿Y entonces qué hacemos? Los expertos hacen una propuesta: si sabemos que el que circula por el distribuidor de tráfico tiene prioridad, empecemos por apretar el freno y cederles el paso. Tal vez, después de repetir esta acción varias veces, nos terminemos acostumbrando a hacerlo y, de esta manera, le devolvamos a las rotondas su función original.